Transcribo algunos extractos de “La Catedral y los cómplices”, artículo escrito por Sergio Bergman (rabino de la Asociación Israelita de la República Argentina) con motivo de la “ocupación” de la Catedral por parte de la Sra. Hebe de Bonafini.
Este hecho ocurrió hace pocos días (como pensaban quedarse más tiempo hasta llegaron a instalar baños químicos en el altar mayor), pero la mayoría de nosotros ni nos enteramos. Los motivos: aparte de que el catolicismo no esta “de moda” (lo que es obvio), cada día es más alarmante el miedo y la dependencia de los medios de comunicación con el Gobierno.
Les hago una propuesta: recorran los diarios de estos días y encontrarán como mínimo 100 artículos menos importantes que este hecho realizado por una de las “protegidas” de nuestro Gobierno (y busquen en las tapas también!, que encontrarán muchos!). Si no los encuentran, yo les doy la razón, reconozco mi paranoia y dejo este blog!
Publicado el Lunes 11 de febrero de 2008 en La Nación, Edición impresa
La profanación de la Catedral Metropolitana no fue sólo perpetrada por quienes la tomaron, sino, sobre todo, por aquellos que sabemos y no nos sinceramos. Es la acción de algunos pocos pero, tanto o más, la omisión, el silencio cómodo y cómplice de quienes, viendo todo, no hacemos nada.
Como la Catedral, la República está siendo profanada. Quienes abandonamos lo público en el refugio seguro de lo privado, lamentaremos, cuando ya sea tarde, no habernos consagrado a la ley como el límite que sostiene no sólo el orden constitucional, sino también las garantías cívicas, que son la expresión jurídica de la dignidad que resguarda los derechos humanos
Cuando uno vive en el Estado de Derecho no requiere reivindicar los derechos humanos, sino cumplir con la ley donde están resguardados y garantizados. Al mismo tiempo, los derechos humanos no son ni de izquierda ni de derecha, sino de la ley, la Constitución y el orden republicano, en los que las instituciones, y ya no sólo los movimientos, son los protagonistas exclusivos de su vigencia. La dignidad de lo humano es la raíz del derecho. Ningún derecho puede reivindicarse torcido.
En este caso no fue la lucha histórica de la madres, que sostenemos y acompañamos durante décadas, sino la particular forma de hacer política de una de ellas la que lideró la irrupción en la Catedral, ámbito sagrado de lo religioso, para reclamar partidas presupuestarias. No es mi intención abrir una polémica sobre los fondos, pero sí reflexionar sobre el fondo de la cuestión, que es preguntarnos si uno, por aquello que cree sagrado para su causa, se encausa y desborda en profanación de lo que es sagrado para otros.
Nada puede justificar la desproporción de ingresar en la Catedral para tomarla como rehén de un mecanismo de extorsión, a cuenta de la profanación de aquello que, sabiendo de la sensibilidad de su proyección, pretende sólo dañar
Lo paradójico es el silencio masivo frente a este hecho que, público y notorio, fue rápidamente disimulado y silenciado. Si se hubiera realizado la misma acción de presión ingresando en una sinagoga o en una mezquita o algún otro templo de cualquier confesión, sé que la reacción hubiera sido inmediata, masiva y de repudio.
Pero no sólo la Catedral es profanada, sino también los límites sagrados de la ley, donde los derechos de unos no pueden imponerse para violentar los de otros. Ya sea como en este caso, de ingresar en la casa del otro y degradarla en su dimensión sagrada, como en lo público, que es de todos y se profana para que sea tomado cautivo como propiedad de algunos.
Las calles, las rutas y los puentes deberían volver a consagrarse como espacio de todos, donde la libertad de transitar, llegar a trabajar, a estudiar, vivir en libertad no son un reclamo de la derecha, ni una reivindicación de la izquierda, sino del derecho universal para que se cumpla el límite sagrado de hacer valer los derechos de uno sin violentar los del otro.
Convivir es vivir con los demás en este vínculo sagrado del límite que propone la ley. Consagrar lo profanado es hacer un templo de este límite que, como santuario, nadie pueda vulnerar. La ley es la catedral de la república. No debemos dejar que se confunda -a pesar de la demagogia y la manipulación mediática- este legítimo orden cívico con autoritarismo; que se equipare el hacer cumplir la ley con la represión; ejercer autoridad, con abusar de la fuerza; establecer seguridad jurídica y física como garantía constitucional, con la apología o el fantasma de las fuerzas de seguridad usadas como el único resguardo para hacerlas valer.
Cuando nuestro país ya no sólo se habite como condominio, sino que se instituya en construcción ciudadana, desplegando, en el marco de la ley, el poder de las acciones políticas y cívicas, volveremos a caminar hacia ésta, nuestra tierra prometida, consagrada en la Constitución y sus instituciones como nuestra Nación, tan República como la Argentina.
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