Conectando los puntos

4 de Octubre, festividad de San Francisco de Asís (1181 – 1226)

Octubre 3, 2007 · No hay comentarios

“(…)En nuestra infancia solían contarnos que si un hombre practicaba un agujero en la tierra y fuese bajando continuamente por el, llegaría un momento en el centro de la tierra, en que parecería estar subiendo. No se si esto es cierto. Y no lo sé porque no he practicado nunca un agujero en la tierra y menos me he arrastrado tierra adentro. Si ignoro las sensaciones de esta inversión, es porque no la he podido experimentar nunca. Y también esto constituye una alegoría. Es cierto que el autor y posiblemente el lector, siendo personas normales, nunca hayamos estado allí. Así tampoco podemos seguir a San Francisco hasta ese final giro espiritual en que la humillación total se transforma en total felicidad y bienaventuranza porque tampoco estuvimos en esto. Por lo que a mi se refiere confieso que no puedo seguir al Santo mas allá de aquella demolición de las barricadas románticas de la vanidad juvenil que he bosquejado en el párrafo anterior. Y aún ese párrafo no es, por supuesto, mas que mera conjetura y una suposición de mi parte de lo que el Santo pudo sentir, pero quizás sintió cosa muy distinta. Sean, empero, los que fuesen sus sentimientos, fueron por lo menos análogos a los del cuento sobre el hombre del túnel tierra adentro en cuanto trata de alguien que baja y baja hasta que en determinado y misterioso momento empieza a subir. Nosotros nunca subimos de igual manera porque tampoco nunca bajamos así; pero cuanto más candorosa y pausadamente leemos la historia humana, y en especial la de los hombres mas sabios y prudentes, más llegamos a la conclusión de que estas cosas acontecen (…)”

“Se pregunta hoy qué clase de Dios es el que demanda sacrificio y negación de si mismo. Quienes así procedan han perdido la clave de todo lo que los enamorados entienden por amor y no comprenderán que estas cosas se hacen porque no son reclamadas… Tan pronto como se vio derribado de su cabalgadura por la gloriosa humillación que le infiriera la visión del amor divino, lanzóse Francisco al ayuno y a la vigilia exactamente como antes se lanzara furiosamente a la batalla… Era algo tan positivo como la pasión y tenía todo el regusto de algo tan positivo como el placer. Francisco devoraba el ayuno como la gente alimento. Se había sumergido en la pobreza como se sumergen tierra adentro los hombres que cavan locamente en busca de oro. Y es precisamente la calidad positiva y apasionada de este aspecto de su personalidad lo que constituye un desafío a la mentalidad moderna frente al problema de la prosecución del placer. Ahí esta innegablemente el hecho histórico y ahí esta unido a él otra moral casi tan indiscutible. Es cierto que el Santo se mantuvo en esta carrera heroica y nada natural desde el momento en que partió vistiendo su camisa de crin por los bosques invernales hasta el día en que, en su misma agonía, quiso yacer desnudo sobre la desnuda tierra para demostrar que nada poseía y nada era. Y casi con la misma certidumbre podemos decir que, en sus brillantes rondas sobre el mundo de la humanidad que pena, las estrellas pudieron por una vez, al pasar por sobre este cuerpo enjunto y consumido yacente en el suelo roqueño, contemplar a un hombre feliz”.

“(…) No llamó monjes a sus seguidores, y no resulta claro si cruzó por su pensamiento, por lo menos en aquel momento, la idea de que lo fueran. Les dio un nombre que se suele traducir por “frailes menores”, pero que estaríamos mucho más cerca de la atmósfera del pensar franciscano si lo vertiéramos casi literalmente así: “hermanitos”. Es probable que ya por entonces el Santo hubiera decidido que sus seguidores tomaran los tres votos de pobreza, castidad y obediencia que siempre se han tenido por nota distintiva del monje…. Debían mezclarse con el mundo, a lo que el monje a la antigua usanza opondría con toda naturalidad la dificultad de hacerlo sin verse enredado en él. Es esta una inquietud mucho mas real de lo que puede imaginar una religiósidad superficial; pero para ella san Francisco poseía una respuesta muy suya, y en esta contestación tan individual estriba todo el interés del problema.
El buen obispo de Asís dejó traslucir una suerte de horror ante la dura vida que los “hermanitos” llevaban en la Porciúncula, sin comodidades, sin bienes comiendo lo que encontraban y durmiendo en el suelo. San Francisco le contestó con esa curiosa y férrea sagacidad que a veces los rústicos descargan como un mazazo. Dígole: ” si poseyéramos bienes nos serian indispensables armas y leyes para defenderlos”. Esta frase encierra la clave de toda la política que el santo prosiguió. Se apoyaba aquí sobre un fundamento de lógica innegable, y en este punto por nada y ante nadie quiso ser otra cosa que lógico. En toda otra materia estaba dispuesto a reconocer errores; pero en cuanto a esta regla en particular estaba seguro de que llevaba razón. En una sola ocasión viósele iracundo y fue cuando le hablaron de una excepción a esta regla.
He aquí el argumento de san Francisco: el hombre consagrado podrá ir a todas partes y entre toda clase de gente, aún la peor, mientras no haya nada con que puedan detenerlo. Si tuviese ataduras o necesidades como el común de los mortales por fuerza se convertiría en hombre corriente (…)”.

“(…) La idea de san Francisco era que los “hermanitos” fueran como peces que van y vienen libremente entrando y saliendo de la malla. Podían hacerlo porque eran precisamente peces pequeños y en este sentido escurridizos. El mundo no tenía de dónde asirlos, pues el mundo nos toma principalmente por el orillo de nuestros vestidos, por las exterioridades fútiles de nuestras vidas. Más tarde uno de los franciscanos diría: “un monje nada debe poseer más que su arpa”, significando, supongo, que nada debe valorar si no su canto, aquel canto con el cual era su oficio dar serenatas, a guisa de ministril, en cada castillo y en cada casa de labriego: el canto de la alegría del Creador en su creación y el de la belleza de la fraternidad humana. Imaginando la vida de esta especie de visionario vagabundo, también podemos echar una hojeada sobre el aspecto práctico de este ascetismo que tanto choca a quienes a sí mismos se consideran prácticos. Para pasar entre barrotes y salir de la jaula se impone que uno sea delgado, y hay que estar libre de cargas para andar de prisa y lejos. Todo el cálculo de aquella astucia inocente, por llamarla así, se centraba en que el mundo debía haberse flaqueado y burlado por el fraile, perplejo por no saber qué hacer con él. No se podía rendir por hambre a quien siempre ayunaba. No se podía arruinar y reducir a mendicidad a quien ya era un mendigo. Y menguada satisfacción se iba a encontrar en pegar bastonazos a quien sólo contestaba con pequeños brincos y gritos de alborozo ya que la indignidad era su dignidad única. No podía ponerse soga en torno a su cabeza por riesgo de que se convirtiera en halo (…)”.

Estos son mis cuatro párrafos favoritos de la biografía de San Francisco de Asís, escrita por G. K. Chesterton (uno de mis autores favoritos).
Un ascetismo que impacta, casi imposible de entender en el año 2007 pero que, como un horizonte inalcanzable, puede significar de todas formas un lugar hacia donde ir. De manera especial para quienes llevamos esta preciosa carga de llamarnos Francisco.
Desde mi humilde espacio en la web, este es mi pequeño homenaje.

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